Libro XIII · Capítulo 26
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
40. ¿De qué, pues, te alegras, oh gran Pablo? ¿De qué te alegras y de qué te alimentas, oh hombre renovado para el conocimiento de Dios conforme a la imagen del que te creó (Col., 3, 10), y alma viviente con tan gran continencia, y lengua alada que habla misterios? (1 Cor., 14, 2). Porque a tales vivientes tal manjar se les debe. ¿Qué es lo que te alimenta? La alegría. Oiré lo que sigue: Sin embargo, hicisteis bien tomando parte en mi tribulación (Fil., 4, 141) De esto se goza, de esto se alimenta: porque ellos hicieron bien, no porque fue aliviada la angustia de Aquél que os dice: En la tribulación me ensanchasteis (Ps., 4, 2); porque no sólo abundar, sino padecer penuria sabe en Vos que le confortáis. Porque sabéis también vosotros, filipenses –dice–, que en los comienzos del Evangelio, cuando salí de Macedonia, ninguna Iglesia abrió conmigo cuentas de Haber y Debe, sino vosotros solos; pues ya en Tesalónica una vez y otra vez me enviasteis con qué atender a mis necesidades (Fil., 4, 15-16). Se goza, pues, de que ahora hayan vuelto a estas buenas obras, y se alegra de que hayan retoñado, como barbecho que renueva su fertilidad.
41. ¿No será por causa de su propia utilidad, puesto que dice: Me enviasteis para mis necesidades? ¿No será acaso por esto por lo que se alegra?
–No es por esto.
–Y ¿cómo lo sabemos?
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