Libro I · Capítulo 3
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
De la doctrina de la Verdad
Tramo 2 de 3
El hombre bueno y devoto, primero ordena dentro de sí las obras que debe hacer de fuera. Y ellas no le llevan a deseos de inclinación viciosa; mas él las trae al albedrío de la recta razón.
¿Quién tiene mayor combate que el que se esfuerza a vencerse a sí mismo?
Y esto debería ser nuestro negocio: querer vencerse a sí mismo, y cada día hacerse más fuerte y aprovechar en mejorarse.
[3] Toda la perfección de esta vida tiene consigo cierta imperfección; y toda nuestra especulación no carece de alguna oscuridad.
El humilde conocimiento de ti mismo es más cierto camino para Dios que escudriñar la profundidad de la ciencia.
No es de culpar la ciencia, ni cualquier otro conocimiento de lo que, en sí considerado, es bueno y ordenado por Dios; mas siempre se ha de anteponer la buena conciencia y la vida virtuosa.
Pero porque muchos estudian más para saber que para bien vivir, por eso yerran muchas veces, y poco o ningún fruto hacen.
[4] Si tanta diligencia pusiesen en desarraigar los vicios y sembrar las virtudes como en mover cuestiones, no se harían tantos males y escándalos en el pueblo, ni habría tanta disolución en los monasterios.
Ciertamente, en el día del Juicio no nos preguntarán qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos, sino cuán religiosamente vivimos.
Dime: ¿dónde están ahora todos aquellos señores y maestros que tú conociste cuando vivían y florecían en los estudios?
Ya poseen otros sus rentas, y por ventura no hay quien de ellos se acuerde. En su vida parecían algo; ya no hay de ellos memoria.
[5] ¡Oh, cuán presto se pasa la gloria del mundo! Pluguiera a Dios que su vida concordara con su ciencia, y entonces hubieran estudiado y leído bien.
¡Cuántos perecen en este siglo por su vana ciencia, que cuidan poco del servicio de Dios!
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