Santos Apóstoles · Kindle

Libro I · Capítulo 25

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

De la fervorosa enmienda de toda nuestra vida

Tramo 3 de 4

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[7] El fervoroso religioso acepta todo lo que le mandan, y lo lleva muy bien.

El negligente y tibio tiene tribulación sobre tribulación, y de todas partes padece angustia; porque carece de la consolación interior y no le dejan buscar la exterior.

El religioso que vive fuera de la observancia, cerca está de caer gravemente.

El que busca vivir más ancho y descuidado, siempre estará en angustias, porque lo uno o lo otro lo descontentará.

[8] ¿Cómo lo hacen tantos religiosos que están encerrados en la observancia del monasterio?

Salen pocas veces, viven abstraídos, comen pobremente, visten ropa basta, trabajan mucho, hablan poco, velan largo tiempo, madrugan muy temprano, tienen continuas horas de oración, leen a menudo y guardan en todo exacta disciplina.

Mira cómo los cartujos, los cistercienses y los monjes y monjas de diversas órdenes se levantan cada noche a alabar al Señor.

Y por eso sería cosa torpe que tú empezases en tiempo tan santo, donde tanta multitud de religiosos comienzan a alabar a Dios.

[9] ¡Oh, si nunca hubiésemos de hacer otra cosa sino alabar a Dios nuestro Señor con todo el corazón y con la boca!

¡Oh, si nunca tuvieses necesidad de comer, beber y dormir, sino que siempre pudieses alabar a Dios, y solamente ocuparte en cosas espirituales!

Entonces serías mucho más dichoso que ahora, cuando sirves a cualquier necesidad de la carne.

¡Pluguiese a Dios que no tuviésemos estas necesidades, sino solamente las refecciones espirituales, las cuales, ¡ay!, gustamos bien raras veces!

[10] Cuando el hombre llega al punto de no buscar su consuelo en ninguna criatura, entonces comienza a gustar de Dios perfectamente; y entonces está contento de todo lo que le sucede.

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