Libro I · Capítulo 25
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
De la fervorosa enmienda de toda nuestra vida
Tramo 1 de 4
[1]Vela con mucha diligencia en el servicio de Dios y piensa de ordinario a qué viniste y por qué dejaste el mundo.
¿No fue, por ventura, con deseo de vivir para Dios y ser hombre espiritual?
Corre, pues, con fervor a la perfección, que presto recibirás el galardón de tus trabajos, y no habrá de ahí adelante temor ni dolor en tu fin.
Ahora trabajarás un poco y hallarás después gran descanso y aun perpetua alegría.
Si permaneces fiel y fervoroso en obrar, sin duda será Dios fiel y rico en pagar.
Ten firme esperanza que alcanzarás victoria; mas no conviene tener seguridad, porque no aflojes ni te ensoberbezcas.
[2] Se hallaba uno lleno de congoja, luchando entre el temor y la esperanza, y un día, cargado de tristeza, entró en la iglesia y se postró delante del altar en oración, y, revolviendo en su corazón varias cosas, dijo: ¡Oh, si supiese que había de perseverar! Y luego oyó en lo interior la divina respuesta: «¿Qué harías si eso supieses? Haz ahora lo que entonces quisieras hacer, y estarás seguro».
Y en aquel punto, consolado y confortado, se ofreció a la divina voluntad, y cesó su congojosa turbación.
Y no quiso escudriñar curiosamente para saber lo que le había de suceder, sino que anduvo con mucho cuidado de saber «lo que fuese la voluntad de Dios» y a sus divinos ojos «más agradable y perfecto» (Rom 12,2) para comenzar y perfeccionar toda buena obra.
[3] «Espera en el Señor, y haz bondad, y habita en la tierra, y serás apacentado en su riqueza» (Sal 36,3).
Detiene a muchos del fervor de su aprovechamiento el espanto de la dificultad o el trabajo de la pelea.
Ciertamente, aprovechan más en las virtudes aquellos que más varonilmente ponen todas sus fuerzas para vencer las que les son más graves y contrarias.
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