Libro II · Capítulo 4
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Del corazón puro y sencilla intención
Tramo 1 de 1
[1] Con dos alas se levanta el hombre de las cosas terrenas, que son sencillez y pureza.
La sencillez ha de estar en la intención, y la pureza, en la afición.
La sencillez pone la intención en Dios; la pureza lo abraza y gusta.
Ninguna buena obra te impedirá, si interiormente estuvieres libre de todo desordenado deseo.
Si no piensas ni buscas sino el beneplácito divino y el provecho del prójimo, gozarás de interior libertad.
Si fuese tu corazón recto, entonces te sería toda criatura espejo de vida y libro de santa doctrina.
No hay criatura tan baja ni pequeña que no represente la bondad de Dios.
[2] Si tú fueses bueno y puro en lo interior, luego verías y entenderías bien todas las cosas sin impedimento.
El corazón puro penetra al cielo y al infierno.
Cual es cada uno en lo interior, tal juzga lo de fuera.
Si hay gozo en el mundo, el hombre de puro corazón lo posee.
Y si en algún lugar hay tribulación y congojas, es donde habita la mala conciencia.
Así como el hierro, metido en el fuego, pierde el orín y se pone todo resplandeciente, así el hombre que enteramente se convierte a Dios, se desentorpece y muda en nuevo hombre.
[3] Cuando el hombre comienza a entibiarse, entonces teme el trabajo, aunque pequeño, y toma con gusto la consolación exterior.
Mas cuando se comienza perfectamente a vencer y andar alentadamente en la carrera de Dios, tiene por ligeras las cosas que primero tenía por pesadas.
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