Libro II · Capítulo 9
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Del carecer de todo consuelo
Tramo 3 de 3
Pues aunque esté cercado de hombres buenos, o de hermanos devotos, o de amigos fieles, o de libros santos, o de tratados lindos, o de cantos suaves e himnos, todo aprovecha poco y tiene poco sabor cuando soy desamparado de la gracia y dejado en mi propia pobreza.
Entonces no hay mejor remedio que la paciencia, y negándome a mí mismo, ponerme en la voluntad de Dios.
[7] Nunca hallé hombre tan religioso y devoto que alguna vez no tuviese ausencia de la consolación divina o sintiese disminución del fervor.
Ningún santo fue tan altamente arrebatado y alumbrado que antes o después no haya sido tentado.
Pues no es digno de la alta contemplación de Dios el que no es por Dios ejercitado en alguna tribulación.
Porque suele ser la tentación precedente señal que vendrá la consolación.
Que a los probados en tentación es prometida la consolación celestial.
«Al que venciere –dice–, daré a comer del árbol de la vida» (Ap 2,7).
[8] Dase la divina consolación para que el hombre sea más fuerte para sufrir las adversidades.
Y también se sigue la tentación, porque no se ensoberbezca del bien.
El demonio no duerme, y la carne no está aún muerta; por esto no ceses de prepararte a la batalla. A la diestra y a la siniestra están los enemigos, que nunca descansan.
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