Libro II · Capítulo 10
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Del agradecimiento por la gracia de Dios
Tramo 1 de 2
[1] ¿Para qué buscas descanso, pues naciste para el trabajo?
Disponte a la paciencia más que a las consolaciones, y a llevar la cruz más que a tener alegría.
¿Qué hombre del mundo no tomaría de muy buena gana la consolación y alegría espiritual si siempre la pudiese tener?
Porque las consolaciones espirituales exceden a todos los placeres del mundo y a los deleites de la carne.
Porque todos los deleites del mundo, o son torpes, o vanos; mas los deleites espirituales sólo son alegres y honestos, engendrados de las virtudes e infundidos de Dios en los corazones limpios.
Mas no puede ninguno usar de continuo de estas consolaciones divinas, porque el tiempo de la tentación pocas veces cesa.
[2] Muy contraria es a la soberana visitación la falsa libertad del alma y la mucha confianza en sí.
Bien hace Dios dando la gracia de la consolación; pero el hombre hace mal no atribuyéndolo todo a Dios, dándole gracias.
Y por esto no abundan en nosotros los dones de la gracia, porque somos ingratos al Hacedor y no lo atribuimos todo a la fuente original.
Porque siempre se debe gracia al que dignamente es agradecido, y se quita al soberbio lo que se suele dar al humilde.
[3] No quiero consolación que me quite la compunción, ni deseo contemplación que me ocasione soberbia.
Pues no es santo todo lo alto, ni todo lo dulce bueno, ni todo deseo puro, ni todo lo que amamos agradable a Dios.
De grado acepto la gracia que me haga más humilde y temeroso, y que me disponga más a renunciarme a mí mismo.
El enseñado con el don de la gracia y avisado con el escarmiento de haberla perdido no osará atribuirse a sí bien alguno; mas antes confesará ser pobre y desnudo.
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