Libro III · Capítulo 1
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Del habla interior de Cristo al alma fiel
Tramo 1 de 1
El alma.– [1] «Oiré lo que habla el Señor Dios en mí» (Sal 84,9).
Bienaventurada el alma que oye al Señor, que habla en ella, y de su boca recibe palabras de consolación.
Bienaventurados los oídos que perciben el rumor de las inspiraciones divinas y no cuidan de las murmuraciones mundanas.
Bienaventurados los oídos que no escuchan la voz que oyen de fuera, sino la verdad que enseña de dentro.
Bienaventurados los ojos que, cerrados a las cosas exteriores, están muy atentos a las interiores.
Bienaventurados los que penetran las cosas interiores, y estudian, con ejercicios continuos, en prepararse cada día más y más a recibir los secretos celestiales.
Bienaventurados los que ansían ocuparse sólo en Dios y se desembarazan de todo impedimento del mundo.
¡Oh alma mía! Considera bien esto y cierra las puertas de tu sensualidad, para que puedas oír lo que habla en ti el Señor tu Dios.
[2] Esto dice tu Amado:
Jesucristo.– «Yo soy tu salud (Sal 34,2), tu paz y tu vida».
Consérvate cerca de mí y hallarás paz.
Deja todas las cosas transitorias y busca las eternas.
¿Qué es todo lo temporal sino engañoso? ¿Y qué te valdrán todas las criaturas si fueres desamparada del Creador?
Por esto, dejadas todas las cosas, hazte fiel y grata a tu Creador, para que puedas alcanzar la verdadera bienaventuranza.
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