Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 3

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Que las palabras de Dios se deben oír con humildad, y muchos no las consideran como deben

Tramo 2 de 3

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Alégranse ellos más por la vanidad que tú por la verdad.

Porque algunas veces les miente su esperanza; pero mi promesa a nadie engaña, ni deja frustrado al que confía en mí.

Daré lo que he prometido, cumpliré lo que he dicho, si alguno perseverare fiel en mi amor hasta el fin.

Yo soy remunerador de todos los buenos y fuerte examinador de todos los devotos.

[4] Escribe tú mis palabras en tu corazón y considéralas con diligencias, pues en el tiempo de la tentación te serán muy necesarias.

Lo que no entiendes ahora cuando lo lees, conoceráslo en el día de mi visitación.

De dos maneras acostumbro visitar a mis escogidos; esto es, con tentación y consolación.

Y dos lecciones les leo cada día: una, reprendiendo sus vicios; otra, amonestándolos al adelantamiento en las virtudes.

El que tiene mis palabras y las desprecia, tiene quien le juzgue en el postrero día.

Oración Para pedir la gracia de la devoción

[5] Señor, Dios mío, tú eres todo mi bien. ¿Quién soy yo para que me atreva a hablarte?

Yo soy un pobrísimo siervecillo tuyo y gusanillo desechado, mucho más pobre y despreciable de lo que yo sé y puedo decir.

Pero acuérdate, Señor, que nada soy, nada tengo y nada valgo.

Tú solo eres bueno, justo y santo; tú lo puedes todo, lo das todo, lo llenas todo, dejando vacío solamente al pecador.

«Acuérdate de tus misericordias» (Sal 24,6) y llena mi corazón de tu gracia, pues no quieres que sean vacías tus obras.

¿Cómo podré sufrirme en esta miserable vida, si no me confortares con tu gracia y misericordia?

«No apartes de mí tu rostro» (Sal 26,9); no dilates tu visitación: no me quites tu consuelo, porque no sea «mi alma para ti como la tierra sin agua» (Sal 142,6).

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