Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 5

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Del maravilloso efecto del divino amor

Tramo 2 de 3

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Nada hay más dulce que el amor, nada más fuerte, nada más alto, nada más ancho, nada más alegre, nada más cabal ni mejor en el cielo ni en la tierra, porque el amor nació de Dios y no puede aquietarse con todo lo creado, sino con el mismo Dios.

[4] El que ama, vuela, corre y se alegra, es libre y no detenido.

Todo lo da por todo, y todo lo tiene en todo, porque descansa en un sumo Bien sobre todas las cosas, del cual mana y procede todo bien. No mira a los dones, sino que se vuelve al Dador sobre todos los bienes.

El amor muchas veces no guarda modo, mas se enardece sobre todo modo.

El amor no siente la carga ni hace caso de los trabajos; desea más de lo que puede, no se queja que le manden lo imposible, porque cree que todo lo puede y le conviene.

Para todo, pues, sirve, y muchas cosas cumple y pone por obra, en las cuales el que no ama desfallece y cae.

[5] El amor siempre vela, y durmiendo no se duerme; fatigado, no se cansa; angustiado, no se angustia; espantado, no se espanta; sino, como viva llama y ardiente antorcha, sube a lo alto y se remonta con seguridad.

Si alguno ama, conoce lo que dice esta voz. Gran clamor es en los oídos de Dios el abrasado afecto del alma que dice: «¡Dios mío, amor mío, tú todo mío y yo todo tuyo!».

[6] El alma.– Dilátame en el amor, para que aprenda a gustar con la boca interior del corazón cuán suave es amar y derretirse y nadar en amor.

Sea yo cautivo del amor, saliendo de mí por el grande fervor y admiración.

Cante yo cántico de amor; sígate, Amado mío, a lo alto; desfallezca mi alma en tu alabanza con júbilos de amor.

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