Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 9

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Que todas las cosas se deben referir a Dios como a último fin

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Jesucristo.– [1] Hijo, yo debo ser tu supremo y último fin, si deseas de verdad ser bienaventurado.

Con esta intención se purificará tu deseo, que vilmente se abate muchas veces a sí mismo y a las criaturas.

Porque si en algo te buscas a ti mismo, luego desfalleces y te quedas árido.

Atribúyelo, pues, todo principalmente a mí, que soy el que todo lo he dado.

Así considera cada cosa como venida del Soberano Bien, y por esto todas las cosas se deben reducir a mí como a su origen.

[2] De mí sacan agua, como de fuente viva, el pequeño y el grande, el pobre y el rico; y los que me sirven de buena voluntad y libremente, recibirán gracia por gracia.

Pero el que se quiere ensalzar fuera de mí o deleitarse en algún bien particular, no será confirmado en el verdadero gozo ni dilatado en su corazón, mas estará impedido y angustiado de muchas maneras.

Por eso no te apropies a ti alguna cosa buena ni atribuyas a ningún hombre la virtud, sino refiérelo todo a Dios, sin el cual nada tiene el hombre.

Yo lo di todo; yo quiero que se me devuelva todo, y con gran rigor exijo que se me den gracias por ello.

[3] Esta es la verdad con que se destruye la vanagloria.

Y si la gracia celestial y la caridad verdadera entrare en el alma, no habrá envidia alguna ni quebranto de corazón, ni te ocupará el amor propio.

La caridad divina lo vence todo y dilata todas las fuerzas del alma.

Si bien lo entiendes, en mí solo te has de alegrar y en mí solo has de esperar, porque «ninguno es bueno sino solo Dios» (Lc 18,19), el cual es de alabar sobre todas las cosas y debe ser bendito en todas ellas.

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