Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 20

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

De la confesión de la propia flaqueza y de las miserias de esta vida

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El alma.– [1] «Confesaré, Señor, contra mí mismo mi iniquidad» (Sal 31,5). Te confesaré mi flaqueza.

Muchas veces es una cosa bien pequeña la que me abate y entristece.

Propongo pelear varonilmente; mas en viniendo una pequeña tentación, me lleno de angustia.

Algunas veces, de la cosa más vil me viene una grave tentación.

Y cuando me creo algún tanto seguro, me hallo a veces, sin sentirlo, casi vencido y derribado de un ligero soplo.

[2] Mira, pues, Señor, mi bajeza y fragilidad, que te es bien conocida.

Compadécete y «sácame del lodo, porque no quede atollado» (Sal 68,15) y desamparado del todo.

Esto es lo que frecuentemente me acongoja y confunde delante de ti, que tan deleznable y flaco soy para resistir a las pasiones.

Y aunque no me lleven enteramente al consentimiento, sin embargo, me son molestos y pesados sus asaltos y muy tedioso el vivir así, siempre en combate. De aquí conozco yo mi flaqueza, que las abominables imaginaciones más fácilmente vienen sobre mí que se van.

[3] ¡Ojalá, fortísimo Dios de Israel celador de las almas fieles, mires el trabajo y dolor de tu siervo y le asistas en todo, dondequiera que fuere!

Esfuérzame con celestial fortaleza para que ni el hombre viejo ni la carne miserable, aún no bien sujeta al espíritu, pueda señorearme; contra la cual conviene pelear en tanto que vivimos en esta vida misérrima.

¡Ay! ¡Cuál es esta vida, donde no faltan tribulaciones y miserias, donde todo está lleno de lazos y de enemigos!

Porque pasada una tribulación o tentación, viene otra; y aun antes que se acabe el combate de la primera, sobrevienen otras muchas no esperadas.

[4] ¿Y cómo se puede amar una vida llena de tantas amarguras, sujeta a tantas calamidades y miserias?

¿Y cómo se puede llamar vida la que engendra tantas muertes y pestes?

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