Libro III · Capítulo 21
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que se ha de descansar en Dios sobre todos los bienes
Tramo 2 de 3
¿Cuándo me recogeré del todo en ti, para que por tu amor no me sienta a mí, sino a ti solo sobre todo sentido y modo, y de un modo no manifiesto a todos.
Pero ahora muchas veces gimo y llevo mi infelicidad con dolor.
Porque en este valle de miseria acaecen muchos males, que me turban a menudo, me entristecen y anublan; muchas veces me impiden y distraen, halagan y embarazan, para que no tenga libre la entrada a ti y no goce de tus suaves abrazos, los cuales sin impedimento gozan los espíritus bienaventurados.
[4] Muévante mis suspiros y la gran desolación que hay en la tierra, ¡oh Jesús, resplandor de la eterna gloria, consolación del alma que anda peregrinando!
Delante de ti está mi boca muda, y mi silencio te habla.
¿Hasta cuándo tarda en venir mi Señor?
Venga a mí, pobrecito suyo, y lléneme de alegría. Extienda su mano y libre a este miserable de toda angustia.
Ven, ven, pues sin ti ningún día ni hora será alegre; porque tú eres mi gozo y sin ti está vacía mi mesa.
Miserable soy, y como encarcelado y preso con grillos, hasta que tú me recrees con la luz de tu presencia, y me pongas en libertad y muestres tu amigable rostro.
Busquen otros lo que quisieren en lugar de ti, que a mí ninguna otra cosa me agrada ni agradará sino tú, Dios mío, esperanza mía, salud eterna.
No callaré ni cesaré de clamar hasta que tu gracia vuelva y me hables interiormente.
Jesucristo.– Aquí estoy; a ti he venido, pues me llamaste. Tus lágrimas, y el deseo de tu alma, y tu humildad y la contrición de tu corazón, me han inclinado y traído a ti.
El alma.– [5] Y respondí: Señor, yo te llamé y deseo gozar de ti, dispuesto a menospreciarlo todo por ti.
Porque tú primero me despertaste para que te buscase.
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