Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 22

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

De la memoria de los innumerables beneficios de Dios

Tramo 1 de 2

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El alma.– [1] Abre, Señor, mi corazón a tu Ley, y enséñame a andar en tus mandamientos.

Concédeme que conozca tu voluntad, y con gran reverencia y diligente consideración recuerde tus beneficios, así generales como especiales, para que pueda, de aquí en adelante, darte dignamente las gracias.

Mas yo sé y confieso que no puedo darte las debidas alabanzas y gracias por el más pequeño de tus beneficios.

Yo soy menor que todos los bienes que me has hecho, y cuando miro tu generosidad, desfallece mi espíritu a vista de su grandeza.

[2] Todo lo que tenemos en el alma y en el cuerpo, y cuantas cosas poseemos en lo interior o en lo exterior, natural y sobrenaturalmente, son beneficios tuyos, y te engrandecen, como bienhechor piadoso y bueno, de quien recibimos todos los bienes.

Y aunque uno reciba más y otro menos, todo es tuyo, y sin ti no se puede alcanzar la menor cosa.

El que más recibió no puede gloriarse de su merecimiento, ni estimarse sobre los demás, ni desdeñar al menor porque es mayor y mejor aquel que menos se atribuye a sí y es más humilde devoto y agradecido.

Y el que se tiene por más vil que todos y se juzga por más indigno está más dispuesto para recibir mayores dones.

[3] Mas el que recibió menos no debe entristecerse, indignarse ni envidiar al que tiene más; antes debe volverse a ti y engrandecer sobre manera tu bondad, que tan copiosa, gratuita y liberalmente reparte sus beneficios sin acepción de personas.

Todo procede de ti, y, por lo mismo, en todo debes ser alabado.

Tú sabes lo que conviene darse a cada uno. Y por qué tiene uno menos y otro más, no nos toca a nosotros discernirlo, sino a ti, que sabes determinadamente los merecimientos de cada uno.

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