Libro III · Capítulo 30
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que se ha de pedir el favor divino, y de la confianza de recobrar la gracia
Tramo 2 de 3
Cuando tú piensas que está todo casi perdido, entonces muchas veces está cerca mayor ganancia de merecimiento.
No está todo perdido cuando alguna cosa te sucede contraria.
No debes juzgar como sientes ahora ni embarazarte ni acongojarte con cualquier contrariedad que te venga, como si no hubiese esperanza de remedio.
[4] No te tengas por desamparado del todo, aunque te envíe a tiempo alguna tribulación o te prive del consuelo deseado, porque de este modo se llega al reino de los cielos.
Y, sin duda, te conviene más a ti y a los demás siervos míos ser ejercitados en adversidades que si todo os sucediese a vuestro gusto.
Yo penetro los pensamientos secretos, y conviene mucho para tu bien que algunas veces te deje desabrido, para que no te ensoberbezcas en los sucesos prósperos ni quieras complacerte en ti mismo por lo que no eres.
Lo que yo te di te lo puedo quitar y volvértelo cuando me agrade.
[5] Cuando te lo diere, mío es; cuando te lo quitare, no tomo cosa tuya, pues «mía es cualquier dádiva buena y todo don perfecto» (Sant 1,17).
Si te enviare pesadumbre o alguna contrariedad, ni te indignes ni desfallezca tu corazón.
Presto puedo levantarte y mudar toda pena en gozo.
Justo soy y muy digno de ser alabado cuando así me porto contigo.
[6] Si bien lo entiendes, y lo miras a la luz de la verdad, nunca te debes entristecer ni descaecer tanto por las adversidades, sino antes holgarte más y darme gracias; y tener por único gozo que afligiéndote con dolores, no te perdono (Job 6,10).
«Así como me amó el Padre, Yo os amo» (Jn 15,9), dije a mis amados discípulos; los cuales no envié, por cierto, a goces temporales, sino a grandes peleas; no a honras, sino a desprecios; no a ocio, sino a trabajos; no al descanso, sino a recoger grandes frutos de paciencia.
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