Libro III · Capítulo 34
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que al que ama es Dios muy sabroso en todo y sobre todo
Tramo 2 de 2
¡Oh, cuándo vendrá esta dichosa y deseada hora, para que tú me hartes con tu presencia y me seas todo en todas las cosas!
Entretanto que esto no se me concediere, no tendré gozo cumplido.
Mas, ¡ay dolor!, que vive aún el hombre viejo en mí: no está del todo crucificado ni perfectamente muerto.
Aún codicia fuertemente contra el espíritu, mueve guerras interiores y no consiente que esté en quietud el reino del alma.
[4] Mas tú, «que señoreas el poderío del mar y amenazas el movimiento de sus ondas, levántate y ayúdame» (Sal 78,10; 43,26).
«Destruye las gentes que buscan guerras» (Sal 47,32); quebrántalas con tu virtud.
Ruégote que «muestres tus maravillas» y que «sea glorificada tu diestra» (Jdt 9,11; Si 36,7), porque no tengo otra esperanza ni otro refugio sino en ti, Señor Dios mío.
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