Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 40

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Que no tiene el hombre de sí bien alguno ni cosa de qué alabarse

Tramo 1 de 2

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El alma.– [1] Señor, «¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre para que le visites?» (Sal 8,5).

¿Qué ha merecido el hombre para que le dieses tu gracia?

Señor, ¿de qué me puedo quejar si me desamparas? ¿O cómo justamente podré contender contigo si no hicieres lo que pido?

Por cierto, una cosa puedo yo pensar y decir con verdad: Nada soy, Señor; nada puedo, nada bueno tengo de mí; mas en todo estoy falto y camino siempre a la nada.

Y si no soy ayudado e instruido interiormente por ti, me vuelvo enteramente tibio y disipado.

[2] «Mas tú, Señor, eres siempre el mismo» (Sal 101,27), y permaneces eternamente, siempre bueno, justo y santo, haciendo todas las cosas bien justa y santamente, y ordenándolas con sabiduría. Pero yo, que soy más inclinado a caer que a aprovechar, no persevero siempre en un estado, y me mudo siete veces cada día.

Mas luego me va mejor cuando te dignas alargarme tu mano auxiliadora porque tú solo, sin humano favor, me puedes socorrer y fortalecer, de manera que no se mude más mi semblante, sino que a ti solo se convierta y en ti descanse mi corazón.

[3] Por lo cual, si yo supiese bien desechar toda consolación humana, ya sea para alcanzar devoción, ya por la necesidad que tengo de buscarte, pues no hay hombre que me consuele, entonces con razón podría yo esperar en tu gracia y alegrarme con el don de la nueva consolación.

[4] Gracias sean dadas a ti, de quien viene todo, siempre que me sucede algún bien.

Porque delante de ti yo soy vanidad y nada, hombre mudable y flaco.

¿De dónde, pues, me puedo gloriar o por qué deseo ser estimado?

¿Por ventura de la nada? Pero esto es vanísimo.

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