Libro III · Capítulo 45
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que no se debe creer a todos,y que es fácil resbalar en las palabras
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En cambio, «todo hombre es mentiroso» (Sal 115,2), frágil, mudable y resbaladizo, especialmente en palabras; de modo que apenas se debe creer luego lo que a primera vista parece recto.
[4] ¡Cuán prudentemente nos avisaste que nos guardásemos de los hombres (Mt 10,17), que «los enemigos del hombre son los de su casa» (Mt 10,36) y que no diésemos crédito al que nos dijese: «¡A Cristo míralo aquí o míralo allí!» (Mt 24,23).
He escarmentado en mí mismo. ¡Ojalá sea para mi mayor cautela y no para continuar con mi imprudencia!
Cuidado —me dice uno—, cuidado; reserva lo que te digo. Y mientras yo lo callo, y creo que está oculto, él no pudo callar el secreto que me confió, sino que me descubrió a mí y a sí mismo, y se fue.
Defiéndeme, Señor, de aquestas ficciones, y de hombres tan indiscretos, para que nunca caiga en sus manos ni yo incurra en semejantes cosas.
Pon en mi boca palabras verdaderas y fieles, y desvía lejos de mí las lenguas astutas.
De lo que no quiero sufrir, mucho me debo guardar.
[5] ¡Oh, cuán bueno y de cuánta paz es callar de otros, y no creerlo todo fácilmente, ni hablarlo después con ligereza; descubrirse a pocos, buscarte siempre a ti, que miras al corazón, y no moverse por cualquier viento de palabras, sino desear que todas las cosas interiores y exteriores salgan perfectas según el beneplácito de tu voluntad!
¡Cuán seguro es para conservar la gracia celestial huir las apariencias humanas y no codiciar las cosas de fuera que causan admiración, sino seguir con toda diligencia las que dan fervor y enmienda de vida!
¡A cuántos ha dañado la virtud descubierta y alabada antes de tiempo!
¡Cuán provechosa fue siempre la gracia guardada en silencio en esta vida frágil, que toda ha de llamarse malicia y tentación!
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