Libro III · Capítulo 46
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
De la confianza que debemos tener en Dios cuando nos injurian
Tramo 1 de 2
Jesucristo.– [1] Hijo, está firme y espera en mí. ¿Qué son las palabras sino palabras? Vuelan por el aire, mas no mellan una piedra.
Si estás culpado, determina enmendarte de buena gana.
Si no hallas en ti culpa, haz el ánimo de llevarlo con gusto por Dios.
Muy poco es el que sufras alguna vez siquiera malas palabras, ya que aún no puedes tolerar graves azotes.
¿Y por qué tan pequeñas cosas te llegan al corazón, sino porque aún eres carnal y miras a los hombres más de lo que conviene?
Porque temes ser despreciado, por esto no quieres ser reprendido de tus faltas y buscas las sombras de las excusas.
[2] Considérate mejor y conocerás que todavía vive en ti el mundo y el deseo vano de agradar a los hombres.
Porque en huir de ser abatido y confundido por tus defectos se muestra claro que no eres verdadero humilde, ni estás del todo muerto al mundo, ni el mundo está a ti crucificado.
Mas oye mis palabras, y no cuidarás de cuantas dijeren los hombres.
Dime: si se dijere contra ti todo cuanto maliciosamente se pudiere fingir, ¿qué te dañaría si lo dejases pasar y no lo estimases más que una paja? Por ventura ¿te podría arrancar siquiera un cabello?
[3] Mas el que no está dentro de su corazón ni me tiene a mí delante de sus ojos, presto se mueve por una palabra de menosprecio; pero el que confía en mí, y no desea atenerse a su propio parecer, vivirá sin temer a los hombres.
Porque yo soy el Juez y conozco todos los secretos; yo conozco muy bien al que hace la injuria, y también al que la sufre.
De mí salió esta palabra; permitiéndolo yo acaeció esto, «para que se descubran los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,35).
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