Libro III · Capítulo 46
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
De la confianza que debemos tener en Dios cuando nos injurian
Tramo 2 de 2
Yo juzgaré al culpable y al inocente; pero quiero probar primero al uno y al otro con juicio secreto.
[4] El testimonio de los hombres muchas veces engaña; mi juicio es verdadero, firme, y no puede torcer.
Muchas veces está escondido, y pocos lo penetran en todo; pero nunca yerra ni puede errar, aunque a los ojos de los necios no parezca recto.
A mí, pues, has de recurrir en cualquier juicio, y no confiar en el propio saber.
Porque el justo no se turbará por cosas que Dios envíe sobre él; y si alguna palabra fuere dicha contra él injustamente, no se inquietará por ello.
Ni se alegrará vanamente si otros le defendieron con razón.
Porque sabe que yo soy quien escudriño los corazones y entrañas, que no juzgo según el exterior y apariencia humana.
Antes, muchas veces, se halla a mis ojos culpable el que al juicio humano parece digno de alabanza.
El alma.– [5] Señor Dios, justo Juez, fuerte y paciente, que conoces la flaqueza y maldad de los hombres, sé tú mi fortaleza y toda mi confianza, pues no me basta mi conciencia.
Tú sabes lo que yo no sé; por eso me debo humillar en cualquier reprensión y llevarla con mansedumbre.
Perdóname también, Señor piadoso, todas las veces que no lo hice así, y dame gracia de mayor sufrimiento para otra vez.
Porque mejor me está tu misericordia copiosa para alcanzar perdón que mi presunta inocencia para defender lo secreto de mi conciencia.
«Y aunque ella nada me acuse, no por esto me puedo tener por justo» (1Cor 4,4); porque, quitada la misericordia, «no será justificado en tu acatamiento ningún viviente» (Sal 142,2).
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