Libro III · Capítulo 48
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Del día de la eternidad y de las angustias de esta vida
Tramo 2 de 3
Deseo entregarme a las cosas celestiales, pero me abaten las temporales y las pasiones no mortificadas.
Con el espíritu quiero elevarme sobre todas las cosas; pero la carne me violenta a estar debajo de ellas.
Así yo, hombre infeliz, peleo conmigo y me soy enfadoso a mí mismo viendo que el espíritu busca lo de arriba y la carne lo de abajo.
[5] ¡Oh, cuánto padezco cuando, pensando en la oración cosas celestiales, luego se me ofrece un tropel de cosas carnales! «Dios mío, no te alejes de mí ni te desvíes con ira de tu siervo» (Sal 70,12; 26,14).
«Resplandezca un rayo de tu claridad y destruye estas tinieblas; envía tus saetas» (Sal 143,6) y contúrbense todas las asechanzas del enemigo.
Recoge todos mis sentidos en ti; hazme olvidar todas las cosas mundanas; otórgame desechar y apartar de mí aun las imágenes de los vicios.
Socórreme, Verdad eterna, para que no me mueva vanidad alguna.
Ven, suavidad celestial, y huya de tu presencia toda torpeza.
[6] Perdóname también y mírame con misericordia todas cuantas veces pienso en la oración alguna cosa fuera de ti, pues confieso ingenuamente que acostumbro a estar muy distraído.
De modo que muchas veces no estoy allí donde se halla mi cuerpo en pie o sentado, sino más bien allá donde me llevan mis pensamientos.
Allí estoy donde está mi pensamiento; allí está mi pensamiento a menudo donde está lo que amo.
Al punto se me ofrece lo que naturalmente deleita o agrada por la costumbre.
[7] Por lo cual tú, que eres la Verdad, dijiste: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mt 6,21).
Si amo el cielo, con gusto pienso en las cosas celestiales. Si amo el mundo, alégrome con sus prosperidades y me entristezco con sus adversidades. Si amo la carne, muchas veces imagino cosas carnales. Si amo el espíritu, recréome en pensar cosas espirituales.
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