Libro III · Capítulo 54
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
De los diversos movimientos de la naturaleza y de la gracia
Tramo 1 de 4
Jesucristo.– [1] Hijo, mira con diligencia los movimientos de la naturaleza y de la gracia, porque son muy contrarios y sutiles, de modo que con dificultad son conocidos sino por varones espirituales e interiormente alumbrados.
Todos desean el bien, y en sus dichos y hechos buscan alguna bondad; por eso muchos se engañan con color del bien.
[2] La naturaleza es astuta, atrae a sí a muchos, los enreda y engaña, y siempre se pone a sí misma por fin.
Mas la gracia anda sin doblez, se desvía de toda apariencia de mal; no pretende engañar, y hace todas las cosas puramente por Dios, en quien descansa como en su fin.
[3] La naturaleza no quiere ser mortificada de buena gana, ni estrechada, ni vencida, ni sometida de grado.
Mas la gracia estudia en la propia mortificación, resiste a la sensualidad, quiere estar sujeta, desea ser vencida, no quiere usar de su propia libertad, apetece vivir bajo la observancia, no codicia señorear a nadie, sino vivir y servir y estar debajo de la mano de Dios; y por Dios está pronta a obedecer con toda humildad a cualquiera criatura humana.
[4] La naturaleza trabaja por su conveniencia, y tiene la mira en la utilidad que le pueda venir. Pero la gracia no considera lo que le es útil y conveniente, sino lo que aprovecha a muchos.
La naturaleza recibe con gusto la honra y la reverencia.
Mas la gracia atribuye fielmente solo a Dios toda honra y gloria.
La naturaleza teme la confusión y el desprecio.
Pero la gracia se alegra «en padecer injurias por el nombre de Jesús» (He 5,41).
La naturaleza ama el ocio y el descanso corporal.
Mas la gracia no puede estar ociosa; antes abraza de buena voluntad el trabajo.
[5] La naturaleza busca tener cosas curiosas y hermosas, y aborrecer las viles y groseras.
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