Libro III · Capítulo 54
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
De los diversos movimientos de la naturaleza y de la gracia
Tramo 2 de 4
Mas la gracia se deleita con cosas llanas y bajas, no desecha las ásperas ni rehúsa el vestir ropas viejas.
La naturaleza mira lo temporal, y se alegra de las ganancias terrenas, se entristece del daño y enójase con cualquier palabra injuriosa.
Pero la gracia mira lo eterno, no está pegada a lo temporal, ni se turba cuando lo pierde, ni se exaspera con las palabras ofensivas; porque puso su tesoro y gozo en el cielo, donde ninguna cosa perece.
[6] La naturaleza es codiciosa, y de mejor gana toma que da; ama sus cosas propias y particulares.
Mas la gracia es piadosa y común para todos, huye la singularidad, conténtase con poco, tiene por «mayor felicidad el dar que el recibir» (He 20,35).
La naturaleza nos inclina a las criaturas, a la propia carne, a la vanidad y a las distracciones.
Pero la gracia nos lleva a Dios y a las virtudes, renuncia las criaturas, huye el mundo, aborrece los deseos de la carne, refrena los pasos vanos, avergüénzase de parecer en público.
La naturaleza toma de buena gana cualquier placer exterior en que deleite sus sentidos.
Pero la gracia, en sólo Dios se quiere consolar y deleitarse en el Sumo Bien sobre todo lo visible.
[7] La naturaleza todo lo hace por su propia utilidad y conveniencia; nada puede hacer de balde, sino que espera alcanzar por el bien que hace otro tanto o más; o si no, alabanza o favor, y desea que sean sus obras y sus dádivas muy ponderadas.
Mas la gracia ninguna cosa temporal busca, ni quiere otro premio sino sólo Dios; de lo temporal no quiere más que cuanto le puede servir para conseguir lo eterno.
[8] La naturaleza se complace en los muchos amigos y parientes, se gloría del noble nacimiento y distinguido linaje, halaga a los poderosos, lisonjea a los ricos, aplaude a los iguales.
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