Libro III · Capítulo 55
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
De la corrupción de la naturaleza y de la eficacia de la gracia divina
Tramo 1 de 3
El alma.– [1] Señor, Dios mío, que me creaste a tu imagen y semejanza, concédeme aquesta gracia que declaraste ser tan grande y necesaria para la salvación, a fin de que yo pueda vencer mi perversa naturaleza, que me arrastra a los pecados y a la perdición.
Pues yo sienta en mi carne «la ley del pecado», que «contradice a la ley de mi alma, y me lleva cautivo» (Rom 7,23) a obedecer en muchas cosas a la sensualidad, y no puedo resistir a sus pasiones si no me asiste tu santísima gracia, ardientemente infundida en mi corazón.
[2] Necesaria es tu gracia, y grande gracia, para vencer la naturaleza, inclinada siempre a lo malo desde su juventud (Gén 8,21).
Porque caída en el primer hombre, Adán, y viciada por el pecado, pasa a todos los hombres la pena de esta mancha; de suerte que la misma naturaleza, que fue creada por ti buena y derecha, ya se cuenta por vicio y enfermedad de la naturaleza corrompida; porque el propio movimiento suyo, abandonado a sí mismo, la induce al mal y a lo terreno.
Pues la poca fuerza que le ha quedado es como una centellita escondida en la ceniza. Esta es la razón natural, cercada de grandes tinieblas, pero capaz todavía de juzgar del bien y del mal, y de discernir lo verdadero de lo falso; aunque no tiene fuerza para cumplir todo lo que le parece bueno, ni usa de la perfecta luz de la verdad, ni tiene sanas sus aficiones.
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