Libro III · Capítulo 55
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
De la corrupción de la naturaleza y de la eficacia de la gracia divina
Tramo 3 de 3
[5] ¡Oh beatísima gracia, que al pobre de espíritu le haces rico en virtudes, y al rico de muchos bienes vuelves humilde de corazón!
Ven, desciende a mí, lléname luego de tu consolación, para que no desmaye mi alma de cansancio y sequedad de corazón.
Suplícote, Señor, que halle gracia en tus ojos, pues «tu gracia me basta» (2Cor 12,9), aunque me falte todo lo que la naturaleza desea.
Si fuere tentado y atormentado de muchas tribulaciones, no temeré los males estando tu gracia conmigo.
Ella es mi fortaleza, ella me da consejo y favor. Más poderosa es que todos los enemigos, y más sabia que todos los sabios.
[6] Ella enseña la verdad, da la ciencia, alumbra el corazón, consuela en las aflicciones, destierra la tristeza, quita el temor, alimenta la devoción, produce lágrimas afectuosas.
¿Qué soy yo sin la gracia, sino un madero seco y un tronco inútil y desechado?
Asístame, pues, Señor, tu gracia, para estar siempre atento a emprender, continuar y perfeccionar buenas obras por tu Hijo Jesucristo. Amén («Domingo 16 después de Pentecostés»).
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