Libro III · Capítulo 58
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que no se deben escudriñar las cosas altas y los juicios ocultos de Dios
Tramo 3 de 4
[7] Guárdate, pues, hijo, de tratar curiosamente de las cosas que exceden a tu alcance; trabaja más bien y procura que puedas ser siquiera el menor en el reino de Dios.
Y aunque uno supiese quién es más santo que otro, o el mayor en el reino del cielo, ¿de qué le servirá el saberlo si no se humillase delante de Mí por este conocimiento y no se levantase a alabar más puramente mi nombre?
Mucho más agradable es a Dios el que piensa en la gravedad de sus propios pecados y en la poquedad de sus virtudes, y cuán lejos está de la perfección de los santos, que el que porfía cuál será mayor o menor entre ellos.
Mejor es rogar a los santos con devotas oraciones y lágrimas, y con humilde corazón invocar su favor, que escudriñar sus secretos con inútil investigación.
[8] Ellos están cumplidamente contentos si los hombres saben contentarse y refrenar la vanidad de sus lenguas.
No se glorían de sus propios merecimientos, pues que ninguna cosa buena se atribuyen a sí mismos, sino todo a mí; porque yo les di todo cuanto tienen con infinita caridad.
Llenos están de tanto amor a la divinidad, y de tal abundancia de gozos, que ninguna parte de gloria les falta, ni les puede faltar cosa alguna de bienaventuranza.
Todos los santos, cuanto más altos están en la gloria, tanto más humildes son en sí mismos, y están más cercanos a mí, y son más amados de mí.
Por lo cual está escrito que «abatieron sus coronas delante de Dios, y se postraron rostro por tierra delante del Cordero, y adoraron al que vive por los siglos de los siglos» (Ap 4,10; 5,14).
[9] Muchos preguntan «quién es el mayor en el reino de Dios» (Mt 18,1), que no saben si serán dignos de ser contados con los ínfimos.
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