Libro III · Capítulo 59
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que toda la esperanza y confianza se debe poner sólo en Dios
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Tú eres, pues, fin de todos los bienes, alteza de vida y abismo de sabiduría, y esperar en ti sobre todo es grandísima consolación para tus siervos.
A ti, Señor, levanto mis ojos; en ti confío, Dios mío, Padre de misericordias.
Bendice y santifica mi alma con bendición celestial, para que sea morada santa tuya y silla de tu gloria eterna, y no haya en este templo tuyo cosa que ofenda los ojos de tu Majestad soberana.
Mírame según la grandeza de tu bondad, y según la multitud de tus misericordias, y oye la oración de este pobre siervo tuyo, desterrado lejos en la región de la sombra de la muerte.
Defiende y conserva el alma de este tu siervecillo entre tantos peligros de la vida corruptible, y acompañándola tu gracia, guíala por el camino de la paz a la patria de la perpetua claridad. Amén.
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