Libro IV · Capítulo 1
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Con cuánta reverencia se ha de recibir a Jesucristo
Tramo 4 de 5
Y a esto no nos trae ninguna liviandad ni curiosidad o sensualidad, sino la fe firme, la esperanza devota y la pura caridad.
[10] ¡Oh Dios invisible, Creador del mundo, cuán maravillosamente lo haces con nosotros!
¡Cuán suave y graciosamente lo ordenas con tus escogidos, a los cuales te ofreces a ti mismo en este Sacramento para que te reciban!
Esto, en verdad, excede todo entendimiento; esto especialmente cautiva los corazones de los devotos y enciende su afecto.
Porque los verdaderos fieles tuyos que se disponen para enmendar toda su vida, de este Sacramento dignísimo reciben continuamente abundante gracia de devoción y amor de la virtud.
[11] ¡Oh admirable y escondida gracia de este Sacramento, la cual conocen solamente los fieles de Cristo! Pero los infieles y los que sirven al pecado no la pueden gustar.
En este Sacramento se da la gracia espiritual, se repara en el alma la virtud perdida y se recobra la hermosura afeada por el pecado.
Tanta es algunas veces esta gracia, que de la abundante devoción que causa no solo el alma, sino el cuerpo flaco siente haber recibido mayores fuerzas.
[12] Pero es muy mucho de sentir y de llorar nuestra tibieza y negligencia, porque no nos movemos con mayor afecto a recibir a Cristo, en quien consiste toda la esperanza y el mérito de los que se han de salvar.
Porque Él es nuestra santificación y redención; Él nuestro consuelo en esta peregrinación y el gozo eterno de los santos.
Y así, es muy digno de llorarse el poco caso que muchos hacen de este saludable Sacramento, el cual alegra al cielo y conserva al universo mundo.
¡Oh ceguedad y dureza del corazón humano, que tan poco atiende a tan inefable don, y por la mucha frecuencia ha venido a reparar menos en él!
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