Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 1

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Con cuánta reverencia se ha de recibir a Jesucristo

Tramo 1 de 5

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El alma.– [1] Estas son tus palabras, ¡oh Cristo, Verdad eterna!, aunque no fueron dichas en un tiempo ni escritas en un mismo lugar.

Y pues son tuyas y verdaderas, debo yo recibirlas con gratitud y con fe.

Tuyas son, pues tú las dijiste; y también son mías, pues las dijiste por mi salud.

Muy de grado las recibo de tu boca, para que más profundamente se graben en mi corazón.

Anímanme palabras de tanta piedad, llenas de dulzura y de amor; mas mis propios pecados me espantan, y mi mala conciencia me retrae de recibir tan altos misterios.

La dulzura de tus palabras me convida; mas la multitud de mis vicios me oprime.

[2] Me mandas que me llegue a ti con gran confianza si quiero tener parte contigo, y que reciba el manjar de la inmortalidad si deseo alcanzar vida y gloria para siempre.

Dices: «Venid a mí todos los que tenéis trabajos y estáis cargados, que yo os recrearé» (Mt 11,28).

¡Oh dulce y amable palabra en los oídos del pecador! ¡Que tú, Señor Dios mío, convidas al pobre y al mendigo a la comunión de tu santísimo cuerpo!

Mas, ¿quién soy yo, Señor, para que presuma llegar a ti?

Veo que no cabes en los cielos de los cielos, y tú dices: «¡venid a mí todos!».

[3] ¿Qué quiere decir esta tan piadosísima dignación y este tan amistoso convite?

¿Cómo osaré llegarme yo, que no reconozco en mí cosa buena en que pueda confiar?

¡Cómo te hospedaré en mi casa yo, que tantas veces ofendí tu benignísima presencia?

Los ángeles y arcángeles tiemblan; los santos y justos temen, y tú dices: «¡Venid a mí todos!».

Si tú, Señor, no dijeses esto, ¿quién lo creería?

Y si tú no lo mandases, ¿quién osaría llegarse a ti?

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