Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 2

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Que Dios muestra al hombre gran bondad y caridad en este sacramento

Tramo 2 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

Tú vienes a mí, tú quieres estar conmigo, tú me convidas a tu mesa.

Tú me quieres dar a comer el manjar celestial y el pan de los ángeles, que no es otra cosa, por cierto, sino tú mismo, «pan vivo que descendiste del cielo y das vida al mundo» (Jn 6,33.51).

[4] ¡Cuánto es, pues, tu amor, cuál tu dignación y cuántas gracias y alabanzas te son debidas por esto!

¡Oh, cuán saludable y provechoso designio tuviste en la institución de este sacramento! ¡Cuán suave es y cuán agradable este convite en que te das a ti mismo por manjar!

¡Oh, cuán admirables son tus obras, Señor! ¡Cuán poderosa tu virtud! ¡Cuán inefable tu verdad!

Pues tú hablaste, y fue hecho el universo; y se hizo lo que tú mandaste.

[5] Admirable cosa es, digno objeto de la fe, y superior al entendimiento humano, que tú, Señor Dios mío, verdadero Dios y Hombre, eres contenido entero debajo de las especies de pan y vino, y sin detrimento eres comido por el que te recibe.

Tú, Señor de todo, que de nada necesitas, quisiste habitar entre nosotros por medio de este sacramento.

Conserva mi corazón y mi cuerpo sin mancha, para que con alegre y limpia conciencia pueda celebrar frecuentemente y recibir para mi eterna salvación tus misterios, que ordenaste y estableciste principalmente para honra tuya y memoria continua.

[6] Alégrate, alma mía, y da gracias a Dios por don tan excelente y consuelo tan singular que te fue dejado en este valle de lágrimas.

Porque cuantas veces te acuerdas de este misterio y recibes el cuerpo de Cristo, tantas renuevas la obra de tu redención y te haces participante de todos sus merecimientos.

Porque la caridad de Cristo nunca se disminuye, y la grandeza de su misericordia nunca mengua.

Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.