Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 4

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Que se conceden muchos bienes a los que devotamente comulgan

Tramo 2 de 3

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Tú les infundes mucho consuelo contra diversas tribulaciones, y de lo profundo de su propio desprecio, y con una nueva gracia los recreas y alumbras interiormente; y así, los que antes de la comunión estaban inquietos y sin devoción, después, recreados con este manjar y bebida celestial, se hallan muy mejorados.

Y esto lo haces de gracia con tus escogidos para que conozcan verdaderamente y experimenten a las claras cuánta flaqueza tienen de sí mismos, y cuán grande bondad y gracia alcanzan de tu clemencia.

Porque siendo por sí mismos fríos, duros e indevotos, de ti reciben el estar fervorosos, devotos y alegres.

Pues, ¿quién, llegando humildemente a la fuente de la suavidad, no vuelve con algo de dulzura?

¿O quién está cerca de algún gran fuego que no reciba algún calor?

Tú eres fuente llena, que siempre mana y rebosa; fuego que de continuo arde y nunca se apaga.

[4] Por esto, si no me es dado sacar agua de la abundancia de la fuente, ni beber hasta hartarme, pondré siquiera mis labios a la boca del caño celestial, para que, a lo menos, reciba de allí alguna gotilla para templar mi sed y no secarme enteramente.

Y si no puedo ser todo celestial y tan abrasado como los querubines y serafines, trabajaré, a lo menos, por hacerme devoto y disponer mi corazón para adquirir siquiera una pequeña llama del divino incendio, mediante la humilde comunión de este divino sacramento.

Pero todo lo que me falta, buen Jesús, Salvador santísimo, súplelo tú benigna y graciosamente por mí, pues tuviste por bien de llamar a todos diciendo: «Venid a mí todos los que tenéis trabajos y estáis cargados, que yo os recrearé» (Mt 11,28).

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