Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 7

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Del examen de la propia conciencia y del propósito de la enmienda

Tramo 2 de 2

Letra pequeñaMedianaGrande

Tan prontamente conmovido a la ira, tan fácil para disgustar a los demás.

Tan propenso a juzgar, tan riguroso en reprender.

Tan alegre en la prosperidad, tan abatido en la adversidad.

Tan fecundo en buenos propósitos, y tan estéril en ponerlos por obra.

[3] Después de haber confesado y llorado estos y otros defectos con dolor y gran disgusto de tu propia fragilidad, propón firmemente de enmendar siempre tu vida y mejorarla de allí adelante.

Enseguida, con absoluta y entera voluntad, ofrécete a ti mismo, para gloria de mi nombre, en el altar de tu corazón, como sacrificio perpetuo, encomendándome a mí con entera fe el cuidado de tu cuerpo y de tu alma, para que de esta manera merezcas llegar dignamente a ofrecer a Dios el santo sacrificio, y recibir saludablemente el sacramento de mi cuerpo.

[4] Pues no hay ofrenda más digna ni mayor satisfacción para borrar los pecados que ofrecerse a sí mismo pura y enteramente a Dios con el sacrificio del cuerpo de Cristo en la misa y comunión.

Si el hombre hiciere lo que está de su parte y se arrepintiere verdaderamente cuantas veces acudiere a mí por perdón y gracia: «Vivo yo —dice el Señor—, que no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, que no me acordaré más de sus pecados», sino que todos le serán perdonados (Ez 32,11; 18,22).

Siguiente capítulo

Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.