Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 9

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Que debemos ofrecernos a Dios con todas nuestras cosas y rogarle por todos

Tramo 1 de 2

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El alma.– [1] Señor, tuyo es todo lo que está en el cielo y en la tierra.

Yo deseo ofrecerme a ti de mi voluntad y quedar tuyo para siempre.

Señor, con sencillez de corazón me ofrezco hoy a ti por siervo perpetuo, en obsequio y sacrificio de eterna alabanza.

Recíbeme con este santo sacrificio de tu precioso cuerpo que te ofrezco hoy en presencia de los ángeles que están asistiendo invisiblemente, para que lo recibas por mi salud y la de todo tu pueblo.

[2] Señor, yo te presento en el altar de tu misericordia todos mis pecados y delitos, cuantos he cometido en tu presencia y de tus santos ángeles desde el día que comencé a pecar hasta hoy, para que tú los abrases todos juntos y los quemes con el fuego de tu caridad, quites todas las manchas de ellos, limpies mi conciencia de todo delito y me devuelvas tu gracia, que perdí por el pecado; perdonándome enteramente y admitiéndome misericordiosamente al ósculo de tu paz.

[3] ¿Qué puedo yo hacer por mis pecados sino confesarlos humildemente, llorándolos e implorando tu misericordia sin cesar?

Yo la imploro, pues, en tu divino acatamiento; óyeme propicio, Dios mío.

Aborrezco mucho todos mis pecados, y no quiero ya cometerlos más; antes, estoy y estaré arrepentido de ellos mientras viviere, dispuesto para hacer penitencia y satisfacer según mis fuerzas.

¡Perdóname, oh Dios mío, perdóname mis pecados por tu santo nombre! ¡Salva mi alma, que redimiste con tu preciosa sangre!

Vesme aquí que me encomiendo a tu misericordia, me entrego en tus manos.

Haz conmigo según tu bondad, y no según mi malicia e iniquidad.

[4] También te ofrezco, Señor, todos mis bienes, aunque muy pocos e imperfectos, para que Tú los enmiendes y santifiques, para que los hagas agradables y aceptos a ti, y siempre los mejores; y a mí, hombrezuelo inútil y perezoso, me lleves a santo y bienaventurado fin.

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