Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 11

La imitación de Cristo · Tomás de Kempis

Que el cuerpo de Cristo y la Sagrada Escritura son muy necesarios al alma fiel

Tramo 3 de 4

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[5] Gracias te doy, Señor, Jesús, esplendor de la luz eterna, por la mesa de la santa doctrina que nos diste, por tus siervos los profetas, los apóstoles y los otros doctores.

Gracias te doy, Creador y Redentor de los hombres, de que, para manifestar a todo el mundo tu caridad, dispusiste una gran cena, en la cual diste a comer, no el cordero figurativo, sino tu santísimo cuerpo y sangre, alegrando a todos los fieles y embriagándolos con el cáliz saludable en este sagrado banquete, donde están todas las delicias del paraíso y donde los santos ángeles comen con nosotros, aunque con más dichosa suavidad.

[6] ¡Oh, cuán grande y honorable es el oficio de los sacerdotes, a los cuales es concedido consagrar al Señor de la Majestad con palabras sagradas, bendecirlo con sus labios, tenerlo en sus manos, recibirlo en su propia boca y distribuirlo a los demás!

¡Oh, cuán limpias deben estar aquellas manos, cuán pura la boca, cuán santo el cuerpo, cuán inmaculado el corazón del sacerdote, donde tantas veces entra el Autor de la pureza!

De la boca del sacerdote no debe salir palabra que no sea santa, que no sea honesta y útil, pues tan continuamente recibe el santísimo sacramento.

Simples y castos deben ser los ojos acostumbrados a mirar el cuerpo de Cristo; puras y levantadas al cielo las manos que tocan al Creador del cielo y de la tierra.

A los sacerdotes especialmente se dice en la Ley: «Sed santos, porque yo, vuestro Dios y Señor, soy santo» (Lev 19,2; 20,7).

[7] ¡Oh Dios todopoderoso! ¡Ayúdenos tu gracia a los que hemos recibido el oficio sacerdotal, para que podamos servirte digna y devotamente con toda pureza y buena conciencia!

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