Libro IV · Capítulo 15
La imitación de Cristo · Tomás de Kempis
Que la gracia de la devoción se alcanza con la humildad y abnegación de sí mismo
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Y cuanto más perfectamente renunciare alguno las cosas bajas, y estuviere muerto a sí mismo por su propio desprecio, tanto más presto viene la gracia, más copiosamente entra y más alto levanta el corazón ya libre.
[4] «Entonces verá, y abundará, y se maravillará, y se dilatará su corazón» (Is 60,5), porque la mano del Señor está con él, y él se puso enteramente en sus manos para siempre. «De esta manera será bendito el hombre» que busca a Dios con todo su corazón, «y no ha recibido su alma en vano» (Sal 23,4).
Este, cuando recibe la sagrada comunión, merece la singular gracia de la unión divina; porque no mira a su propia devoción y consuelo, sino, sobre todo, a la gloria y honra de Dios.
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