Parte 3 · Capítulo 4
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LA HUMILDAD EXTERIOR
Tramo 1 de 4
«Pide prestado -dijo Eliseo a una pobre viuda- y toma muchas jarras vacías y llénalas de aceite». Para recibir la gracia de Dios en nuestros corazones, es menester tenerlos vacíos de nuestra propia gloria. El cernícalo, chillando y mirando de prisa las aves, las espanta, por una propiedad y virtud secreta que tiene; por esto las palomas lo aprecian más que a todas las otras aves y viven seguras cerca de él. Así la humildad ahuyenta a Satanás, y, por esto, todos los santos, y, particularmente el Rey de los santos y su Madre, siempre han honrado y amado esta digna virtud más que ninguna otra entre todas las virtudes morales.
Dicen que es vana la gloria que el hombre se da a sí mismo, o porque no está en nosotros, o porque está en nosotros, pero no es nuestra; o porque está en nosotros y es nuestra, pero no merece la pena de que nos gloriemos de ella. La nobleza del linaje, el favor de los magnates, el aura popular, son cosas que no están en nosotros, sino en nuestros antepasados. Algunos se muestran orgullosos y arrogantes, porque cabalgan sobre un bravo corcel, o porque llevan un penacho de plumas en su sombrero, o porque visten lujosamente; mas, ¿quién no ve que esto es una locura? Porque, si en estas cosas hay gloria, ésta pertenece al caballo, al ave o al sastre; y ¿qué mezquindad no supone tomar prestada la estima a un caballo, a unas plumas o a unos adornos? Otros presumen y se contemplan por unos bigotes muy afilados, por una barba bien cortada, por unos cabellos ondulados, porque tienen las manos finas, porque saben bailar, jugar y cantar; pero, ¿no supone mucha pobreza de carácter el querer aumentar el propio valer y acrecentar la propia reputación con cosas tan frívolas y vanas?
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