Parte 3 · Capítulo 5
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LA HUMILDAD MÁS INTERIOR
Tramo 2 de 6
Pero, si, al recordar las gracias que Dios nos ha hecho, nos halaga cierta vanidad, el remedio infalible será acudir a la consideración del nuestras ingratitudes, de nuestras imperfecciones, de nuestras miserias. Si meditamos lo que hemos hecho cuando Dios no ha estado con nosotros, harto veremos que lo que hemos practicado cuando ha estado con nosotros no es según nuestra manera de ser ni de nuestra propia cosecha; mucho nos alegraremos ciertamente de poseerlo, pero no glorificaremos por ello más que a Dios, porque Él es el único autor. Así la Santísima Virgen confiesa que Dios ha hecho en ella cosas grandes, pero lo reconoce únicamente para humillarse y glorificar a Dios:«Mi alma, dice, glorifica al Señor, porque ha hecho en mí cosas grandes».
Decimos muchas veces que no somos nada, que somos la misma miseria y el desecho del mundo, pero mucho nos dolería que alguien hiciese suyas nuestras palabras y anduviese diciendo de nosotros lo que somos. Al contrario, hacemos como quien huye y se esconde, para que vayan en pos de nosotros y nos busquen: fingimos que queremos ser los últimos y que queremos ocupar el postrer lugar en la mesa, pero con el fin de pasar honrosamente al primero. La verdadera humildad no toma el aire de tal y no dice muchas palabras humildes, porque no sólo desea ocultar las otras virtudes, sino también y principalmente desea ocultarse ella misma, y, si le fuese lícito mentir, fingir o escandalizar al prójimo, haría actos de arrogancia y de soberbia, para esconderse y vivir totalmente desconocida y a cubierto.
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