Santos Apóstoles · Kindle

Parte 3 · Capítulo 6

Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales

QUE LA HUMILDAD HACE QUE AMEMOS NUESTRA PROPIA ABYECCIÓN

Tramo 1 de 5

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Voy más lejos, Filotea, y te digo que, en todo y por todo, ames tu propia abyección. Pero me dirás: ¿qué significa esto: ama tu propia abyección? En latín, abyección quiere decir humildad, y humildad quiere decir abyección, de manera que, cuando Nuestra Señora, en su sagrado cántico, dice: «porque el Señor ha visto la humildad de su sierva, todas las generaciones me llamarán bienaventurada », quiere decir que el Señor ha visto de buen grado su abyección, vileza y bajeza, para colmarla de gracias y favores. Con todo hay mucha diferencia entre la virtud de la humildad y la abyección, porque la abyección es la pequeñez, la bajeza y la vileza que hay entre nosotros, sin que nosotros pensemos en ello; pero la virtud de la humildad es el verdadero conocimiento y voluntario reconocimiento de nuestra abyección. Ahora bien, el punto más encumbrado de esta humildad consiste, no sólo en reconocer voluntariamente nuestra abyección, sino en amarla y en complacernos en ella, y no por falta de ánimos y de generosidad, sino para más ensalzar a la divina Majestad y más amar al prójimo en comparación con nosotros mismos. Esta es la cosa a la cual te exhorto, y, para que lo entiendas mejor, sepas que entre los males que padecemos unos son abyectos y otros honrosos. Muchos se conforman con los honrosos, pero nadie quiere acomodarse a los abyectos. He aquí un devoto ermitaño harapiento y tiritando de frío: todos honran su hábito deshecho y compadecen su austeridad; pero si se trata de un pobre obrero, de un pobre joven, de una pobre muchacha, son despreciados, objeto de burla; su pobreza es abyecta. Un religioso recibe resignadamente una áspera reprensión de su superior, o un hijo la recibe de su padre: todo el mundo llamará a esto mortificación, obediencia y prudencia; un caballero o una dama sufrirán lo mismo de parte de otra persona, y, aunque la soporten

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