Parte 3 · Capítulo 6
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
QUE LA HUMILDAD HACE QUE AMEMOS NUESTRA PROPIA ABYECCIÓN
Tramo 2 de 5
por amor de Dios, todos les motejarán de cobardía y poquedad de espíritu. Una persona tiene un cáncer en un brazo y otra en la cara: aquélla sólo tiene el mal, pero ésta, además del mal, padece el menosprecio, el desdén y la abyección. Pues bien, te digo ahora que no sólo hemos de apreciar el mal, lo cual se hace con la virtud de la paciencia, sino también la abyección, lo cual se hace con la virtud de la humildad.
También hay virtudes abyectas y virtudes honrosas: la paciencia, la mansedumbre, la simplicidad y la humildad son virtudes que los mundanos tienen por viles y abyectas; al contrario, tienen en mucha estima la prudencia, el valor, la liberalidad. Y, aun entre los actos de una misma virtud, unos son objeto de desprecio y otros de honra: dar limosna y perdonar las injurias son actos de caridad; el primero es honrado por todos, y el segundo despreciable a los ojos del mundo. Un joven noble o una doncella que no se entreguen al desorden de una pandilla desenfrenada en el hablar, en el jugar, en el bailar, en el beber, en el vestir, serán criticados o censurados por los demás y su modestia será calificada de hipocresía o afectación: pues bien, amar esto es amar la propia abyección. He aquí otra manera de amarla: vamos a visitar a los enfermos; si soy enviado al más miserable, esto será para mi un motivo de abyección, según el mundo, y, por esto mismo la amaré; si me envían a visitar a los de categoría, será una abyección según el espíritu, porque en ello no hay tanta virtud ni mérito ' y por lo tanto, amaré esta abyección. El que cae en medio de la calle, además del daño que se hace, es objeto de burla; es menester querer esta abyección.
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