Santos Apóstoles · Kindle

Parte 3 · Capítulo 7

Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales

COMO SE HA DE CONSERVAR EL BUEN NOMBRE PRACTICANDO, A LA VEZ, LA HUMILDAD

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Además, así como las hojas de los árboles, que de suyo no son muy apreciables, no obstante sirven mucho, no sólo para embellecerlos, sino también para conservar los frutos mientras son tiernos; de la misma manera, la buena fama, que, de suyo no es cosa muy deseable, no deja de ser muy útil, no solamente para el ornato de nuestra vida, sino también para la conservación de nuestras virtudes, especialmente de las virtudes todavía tiernas y débiles: la obligación de conservar nuestra reputación y de ser tales cuales se nos reputa, nos obliga a un esfuerzo generoso, a una firme y dulce violencia. Conservemos nuestras virtudes, mi querida Filotea, porque son agradables a Dios, grande y soberano objeto de nuestras acciones; mas, así como los que quieren guardar los frutos no se contentan con confitarlos, sino que los ponen en recipientes propios para la conservación de los mismos, de la misma manera, aunque el amor divino sea el principal conservador de nuestras virtudes, podemos, no obstante, emplear el buen nombre, como muy útil y propicio para dicha conservación.

No es menester, empero, que seamos demasiado celosos, exactos y puntillosos en esta conservación, porque los que son demasiado delicados y sensibles en lo tocante a su reputación, se parecen a los que toman medicamentos para toda clase de pequeñas molestias: éstos, al querer conservar su salud, lo pierden todo, y aquellos, queriendo conservar tan delicadamente la reputación, la pierden completamente, ya que con este desasosiego se vuelven extraños, quejumbrosos, insoportables, y provocan la malicia de los murmuradores.

El disimular y el despreciar la injuria y la calumnia es ordinariamente un remedio mucho más saludable que el resentimiento, la contestación y la venganza: el desprecio esfuma aquellas ofensas; pero el que se enoja, parece que las confiesa. Los cocodrilos no dañan sino a los que los temen, y la maledicencia, únicamente a los que la llevan a mal.

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