Santos Apóstoles · Kindle

Parte 3 · Capítulo 9

Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales

DE LA DULZURA CON NOSOTROS MISMOS

Tramo 3 de 4

Letra pequeñaMedianaGrande

En cuanto a mí, si, por ejemplo, tuviese en grande estima, el no caer en el vicio de la vanidad, y, no obstante, hubiese caído en una gran falta, no quisiera reprender a mi corazón de esta manera: « ¡Qué miserable y abominable eres, porque después de tantas resoluciones, te has dejado vencer por la vanidad! Muere de vergüenza; no levantes los ojos al cielo, ciego, desvergonzado, traidor y desleal a tu Dios», y otras cosas parecidas, sino que preferiría corregirle de una manera razonable y por el camino de la compasión: «Ánimo, pobre corazón mío. He aquí que hemos caído en el precipicio que tanto habíamos querido evitar. ¡Ah!, levantémonos y salgamos de él para siempre; acudamos a la misericordia de

Dios y confiemos en que ella nos ayudará, para ser más resueltos en adelante, y emprendamos el camino de la humildad. ¡Valor! seamos, desde hoy, más vigilantes; Dios nos ayudará y podremos hacer muchas cosas». Y, sobre esta reprensión, quisiera levantar un sólido y firme propósito de no caer más en falta y de emplear los recursos convenientes según los consejos del director.

Pero, si alguno advierte que su corazón no se conmueve con estas suaves correcciones, podrá echar mano de los reproches y de la reprensión dura y severa, para excitarlo a una profunda confusión, con tal que, después de haberlo amonestado y fustigado enérgicamente, acabe aliviándole, conduciendo su pesar y su cólera a una tierna y santa confianza en Dios, a imitación de aquel gran arrepentido, que, al ver a su alma afligida, la alentaba de esta manera: «¿Por qué te entristeces, alma mía, y por qué te conturbas? Espera en Dios, que yo todavía le alabaré como la salud de mí rostro y mi verdadero Díos».

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