Parte 3 · Capítulo 23
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LOS EJERCICIOS DE LA MORTIFICACIÓN EXTERIOR
Tramo 3 de 8
De buen grado diré aquello que San Jerónimo decía a la buena dama Leta: «Mucho me desagradan los ayunos largos e inmoderados, sobre todo en aquellos que se hallan en edad todavía tierna. He aprendido, por experiencia, que el potro, cuando está cansado de andar, busca la manera de escabullirse»; es decir, el joven debilitado por el exceso en los ayunos, fácilmente degenera en la molicie. En dos ocasiones corren mal los ciervos: cuando están demasiado cargados de grasa y cuando están demasiado flacos. Nosotros estamos muy expuestos a las tentaciones, cuando nuestro cuerpo está demasiado nutrido y cuando está demasiado débil, porque lo primero lo vuelve insolente a causa de su vigor, y lo segundo lo vuelve desesperado a causa de su flaqueza; y, así como nosotros a duras penas podemos llevar el cuerpo cuando está demasiado grueso, tampoco él puede llevarnos a nosotros cuando está demasiado flaco. La falta de esta moderación en los ayunos, disciplinas, cilicios y austeridades inutiliza para el servicio de la caridad los mejores años de muchos, como sucedió al mismo San Bernardo, que, después, se arrepintió de haber sido demasiado austero; y, en el mismo grado en que han maltratado el cuerpo en los comienzos, se ven obligados a halagarlo después. ¿No sería mejor darle un trato justo y proporcionado a las cargas y trabajos a que esté obligado por su condición?
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