Parte 3 · Capítulo 23
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LOS EJERCICIOS DE LA MORTIFICACIÓN EXTERIOR
Tramo 7 de 8
Así ocurre, con frecuencia, en nuestras cosas: porque tal esposa ve a su marido o a su hijo enfermo, acude, al instante, al ayuno, al cilicio, a la disciplina, como lo hizo David en semejante ocasión. ¡Ah querida amiga! tú azotas a la pobre asna, castigas tu cuerpo, y él no es responsable de tu mal, ni de que Dios tenga la espada desenvainada contra ti; castiga tu corazón, que es idólatra de este esposo, y que tolera mil defectos en el hijo y le induce al orgullo, a la vanidad y a la ambición. Tal hombre ve que, con frecuencia, cae en la bajeza del pecado de lujuria: el remordimiento interior se pone delante de su conciencia, con la espada en la mano, para atravesarlo con un santo temor; y, al momento, reaccionando en su corazón, exclama: « ¡ Ah carne envilecida! ¡Ah cuerpo desleal! ¡ Cómo me habéis hecho traición! » y he aquí que, enseguida, comienza a mortificar a esta carne con ayunos inmoderados, con disciplinas excesivas, con cilicios insoportables. ¡Ah pobre alma! Si tu carne pudiese hablar, como la burra de Balaán, te diría: ¿ Por qué me pegas, miserable? Es sobre ti, alma mía, que Dios descarga su ira; eres tú la criminal. ¿Por qué me induces a malas conversaciones? ¿Por qué aplicas mis ojos, mis manos, mis labios a las deshonestidades? ¿Por qué me perturbas con imaginaciones perversas? Ten pensamientos buenos, y yo no tendré movimientos malos; trata con personas honestas, y yo no seré excitada por su concupiscencia. ¡Ah! eres tú la que me arrojas al fuego, y, después, quieres que no arda; tiras pavesas a los ojos, y no quieres que se inflamen». Y Dios te dice, indudablemente, en estas ocasiones: «Castiga, rompe, acuchilla, despoja principalmente tu corazón, ya que es contra él que se ha encendido mi enojo». Es cierto que para curar la comezón no es tan necesario lavarse y
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