Parte 3 · Capítulo 28
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LOS JUICIOS TEMERARIOS
Tramo 1 de 7
«No juzguéis y no seréis juzgados -dice el Salvador de nuestras almas-; no condenéis y no seréis condenados». No, dice el santo Apóstol, «no juzguéis antes de tiempo, hasta que el Señor venga, el cual revelará el secreto de las tinieblas y manifestará los consejos de los corazones». ¡Oh! ¡Cuánto desagradan a Dios los juicios temerarios! Los juicios de los hijos de los hombres son temerarios, porque ellos no son jueces los unos de los otros, y, al juzgar, usurpan el oficio de Dios nuestro Señor; son temerarios, porque la principal malicia del pecado depende de la intención y del designio del corazón, que, para nosotros, es el secreto de las tinieblas; son temerarios, porque cada uno tiene harto trabajo en juzgarse a sí mismo, sin que necesite ocuparse en juzgar al prójimo. Para no ser juzgados, es menester también no juzgar a los demás, y que nos juzguemos a nosotros mismos; porque, si Nuestro Señor nos prohíbe una de estas cosas, el Apóstol afirma la otra, diciendo: «Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados». Mas, ¡ay!, que hacemos todo lo contrario; porque no cesamos de hacer lo que nos está prohibido, juzgando al prójimo a diestro y siniestro, y nunca hacemos lo que nos está mandado, que es juzgarnos a nosotros mismos.
Capítulo anteriorÚltimo tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.