Parte 3 · Capítulo 28
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LOS JUICIOS TEMERARIOS
Tramo 3 de 7
Algunos no tienen este orgullo manifiesto, sino solamente sienten como una complacencia en considerar el mal del prójimo, para saborear y hacer saborear más dulcemente el bien contrario del cual se creen dotados; y esta complacencia es tan secreta e imperceptible, que si no se tiene muy buena la vista, no se descubre, y los mismos que la sienten no la conocen, si no se la muestran. Otros, queriendo adularse y excusarse consigo mismos y atenuar los remordimientos de su conciencia, se apresuran a pensar que los demás padecen del vicio al cual ellos se han entregado, o de otro mayor, y les parece que la multitud de criminales hacen su pecado menos censurable. Otros se entregan al juicio temerario por el solo placer que hallan en adivinar y filosofar acerca de las costumbres y humor de las demás personas, a manera de ejercicio ingenioso, y, si por desgracia aciertan alguna vez en sus juicios, la audacia y el prurito de continuar crece tanto, que harto trabajo hay en corregirles. Otros juzgan por pasión, y siempre piensan bien del que aman, y mal del que aborrecen, fuera del caso sorprendente y, no obstante, verdadero, en que el exceso de amor induce a juzgar mal al que amamos: efecto monstruoso, procedente de un amor impuro, imperfecto, desequilibrado y enfermo, que son los celos, los cuales, como todo el mundo sabe, por una sencilla mirada, por la sonrisa más insignificante del mundo, condenan a las personas de perfidia y de adulterio. Finalmente, el temor, la ambición y otras parecidas flaquezas de espíritu contribuyen, con frecuencia, al nacimiento de la sospecha y del juicio temerario.
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