Parte 3 · Capítulo 29
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LA MALEDICENCIA
Tramo 1 de 8
El juicio temerario produce inquietud, desprecio del prójimo, orgullo y complacencia en sí mismo y cien otros efectos por demás perniciosos, entre los cuales ocupa el primer lugar la maledicencia, como la peste de las conversaciones. ¡ Ah! ¡Que no tenga yo uno de los carbones del altar santo para tocar con él los labios de los hombres, a fin de borrar su iniquidad y purificarlos de su pecado, a imitación del serafín que purificó la boca de Isaías!
El que lograse quitar la maledicencia del mundo, quitaría de él una gran parte de los pecados y de la iniquidad.
El que arrebata injustamente la buena fama a su prójimo, además de cometer un pecado, está obligado a la debida reparación, aunque de diversa manera, según la diversidad de la maledicencia; porque nadie puede entrar en el cielo con los bienes ajenos, y, entre todos los bienes exteriores, la buena fama es el mejor. La maledicencia es una especie de homicidio, porque tenemos tres vidas: la espiritual, que estriba en la gracia de Dios; la corporal, que radica en el alma, y la civil, que consiste en la buena fama. El pecado nos quita la primera; la muerte, la segunda, y la maledicencia, la tercera. Pero el maldiciente, con un solo golpe de su lengua, comete, ordinariamente, tres homicidios: mata su alma y la del que le escucha, con muerte espiritual, y de muerte civil a aquel de quien murmura; porque, como dice San Bernardo, el que murmura y el que escucha al murmurador, tienen en sí mismos al demonio: el uno en su lengua, y el otro en sus oídos. David, hablando de los maldicientes, dice que
Capítulo anteriorÚltimo tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.