Parte 3 · Capítulo 29
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
DE LA MALEDICENCIA
Tramo 3 de 8
Los que, para murmurar, empiezan con preámbulos honrosos o echan mano de cumplidos e ironías, son los más finos y los más virulentos de los detractores. Conste, dicen, que le aprecio, y que, por lo demás, es un perfecto caballero; pero en honor de la verdad, es menester decir que ha obrado mal al cometer tal perfidia. Es una muchacha muy virtuosa, pero se ha dejado sorprender; y otras semejantes maneras de hablar. ¿No ves aquí el artificio? El que quiere disparar el arco, acerca la flecha hacia sí tanto cuanto puede, pero lo hace únicamente para dispararla con más fuerza. De la misma manera, parece que estos murmuradores atraen hacia sí la maledicencia, para dispararla más velozmente y para que así penetre más en los corazones de los oyentes. La detracción hecha en forma de ironía es la más cruel de todas; porque, así como la cicuta no es, de suyo, un veneno muy activo, sino bastante lento y que fácilmente se puede contrarrestar, pero mezclada con vino no es ya remediable, así también la murmuración, que de suyo, entraría por una oreja y saldría por la otra, como suele decirse, queda impresa en la mente de los que la escuchan, cuando se presenta envuelta en un dicho agudo y chistoso. «Tienen, dice David, el veneno del áspid en sus labios»; porque el áspid pica de una manera casi imperceptible, y su veneno causa, al principio, una comezón agradable, con la que se dilatan el corazón y las entrañas, y reciben el veneno, contra el cual ya no es posible, entonces, combatir.
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