Parte 3 · Capítulo 37
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
LOS DESEOS
Tramo 2 de 3
No apruebo, en manera alguna, el que una persona vinculada a un cargo o profesión, se entretenga en desear otro género de vida que el que cuadra con el lugar que ocupa, ni ejercicios incompatibles con su actual condición, porque esto disipa el ánimo y es causa de que se hagan con flojedad las cosas necesarias. Si deseo la soledad de los cartujos, pierdo el tiempo, y este deseo ocupa el lugar del que debiera tener, a saber, de desempeñar bien mi oficio presente. No quisiera que nadie sintiese ni siquiera el deseo de tener mejor espíritu o un criterio más recto, porque este deseo desplaza el que todos han de tener: cultivar el espíritu propio tal cual es; ni que se deseen los medios de servir a Dios que no poseen, sino que se empleen fielmente los que cada uno tiene. Ahora bien, lo dicho se entiende de los deseos que distraen el corazón, porque, en cuanto a las simples aspiraciones, no causan ningún daño, con tal que no sean frecuentes.
No desees las cruces, sino en la medida en que hubieres soportado las que ya se te han ofrecido, porque es un abuso desear el martirio y no tener la fuerza necesaria para soportar una injuria. El enemigo excita en nosotros grandes deseos de cosas remotas, que nunca ocurrirán, para distraer nuestro espíritu de las cosas presentes, de las cuales, por pequeñas que sean, podríamos sacar mucho provecho. Combatimos los monstruos de África con la imaginación, y, de hecho, nos dejamos matar por las pequeñas serpientes que encontramos en nuestro camino, por falta de atención. No desees las tentaciones, porque sería una temeridad; antes bien ejercita tu corazón en esperarlas valerosamente y en defenderte de ellas cuando lleguen.
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