Parte 4 · Capítulo 4
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
EL SENTIR Y EL CONSENTIR DOS BELLOS EJEMPLOS ACERCA DE ESTE PUNTO
Tramo 1 de 3
Es tan importante entender esto, que no tengo inconveniente en insistir en ello para explicarlo mejor. El joven de quien nos habla San Jerónimo, que, tendido y atado con cintas de seda y con toda delicadeza en un lecho bien mullido, era provocado por una mujer impúdica, que, en el mismo lecho, se esforzaba en hacer vacilar su constancia, ¿no debía sentir emociones eróticas? Sus sentidos, ¿no debían estar invadidos por la delectación, y su imaginación llena y saturada de voluptuosidad? Indudablemente así debía ser, y, no obstante, en medio de tantas turbaciones, en medio de un combate tan horrible de tentaciones y entre tantos placeres que le envolvían, dio pruebas de que su corazón no estaba vencido y de que su voluntad no consentía, pues su espíritu, al verlo todo conjurado contra él y no pudiendo disponer de ninguna de las partes de su cuerpo, excepción hecha de la lengua, cortóla con los dientes y la escupió al rostro de aquélla alma envilecida, que le atormentaba más cruelmente con los placeres, que jamás lo hubieran hecho los verdugos con sus torturas; el tirano, que desconfiaba vencerlo con el dolor, esperaba rendirle con el placer.
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