Parte 4 · Capítulo 7
Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales
REMEDIO CONTRA LAS GRANDES TENTACIONES
Tramo 1 de 2
Enseguida que sientas en ti alguna tentación, haz como los niños, cuando en el campo ven algún lobo o algún oso; al instante corren a los brazos de su padre y de su madre, o, a lo menos, les llaman y les piden auxilio y socorro. Acude de la misma manera a Dios, reclamando su auxilio y misericordia; es el remedio que enseña Nuestro Señor: «Orad para no caer en la tentación».
Si ves que la tentación persevera o aumenta, corre, en espíritu, a abrazar la santa Cruz, como si vieses delante de ti a Cristo crucificado, protesta que no consentirás en la tentación, y pídele socorro contra ella y, mientras dure la tentación, no ceses de afirmar que no quieres consentir.
Pero, cuando hagas tales protestas y deseches el consentimiento, no mires de frente a la tentación, sino solamente a Nuestro Señor, porque, si miras la tentación, podrá hacer vacilar tu valor, sobre todo si es muy violenta.
Distrae tu espíritu con algunas buenas y laudables ocupaciones, porque estas ocupaciones al entrar en tu corazón y al establecerse en él, ahuyentarán las tentaciones y sugestiones malignas.
El gran remedio contra todas las tentaciones, grandes y pequeñas, es desahogar el corazón y comunicar a nuestro director todas las sugestiones, sentimientos y afectos que nos agitan.
Fíjate en que la primera condición que el maligno pone al alma que quiere seducir, es el silencio, como lo hacen los que quieren seducir a las esposas y a las hijas, que, ante todo, les prohíben comunicar a los maridos y a los padres sus proposiciones, siendo así que Dios quiere que demos a conocer enseguida sus inspiraciones a nuestros superiores y directores.
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